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Cortocircuitos de Oswaldo Estrada: una cartografía de la locura

Los escenarios atravesados por distintos tiempos y espacios en este libro son capaces de entretejer la intimidad de sus personajes con conceptos tan vastos y complejos como el amor, el racismo, la muerte y la pertenencia, señala el autor de la nota

Publicado: 2025-09-04

Escribe: Jhonn Guerra-Banda

En el panorama de la literatura escrita en español en Estados Unidos, Oswaldo Estrada acaba de publicar Cortocircuitos (Intermezzo Tropical, 2025, 143pp.), su más reciente colección de cuentos. Cortocircuitos no solo es el nombre del libro sino una forma coloquial e incluso poética de describir todas las formas que desafían la razón. En el prefacio, el autor explica: “Ahora entiendo que no todos perdemos la razón de igual manera. O que la locura es parte de nuestras vidas, aunque la disfracemos para tener una existencia más llevadera” (11). Esa noción de locura, poliforme y movediza, se despliega a lo largo de cinco bloques narrativos que funcionan como pabellones existenciales. Cada uno abre sus puertas al lector como si se tratara de un visitante desconocido, aunque con la amenaza constante de quedarse a habitar para siempre en las habitaciones de su propia demencia.

En el primer bloque, encontramos cuentos como “Chile Verde”, donde el protagonista Mario, un disciplinado deportista, conoce al Chile Verde, un hombre que lo enamora con la comida y le arrebata el control sobre su propio cuerpo. Este cuento nos sitúa ante la paradoja que surge de la lógica del cuerpo saludable y la sinrazón de la felicidad que “engorda”. En “El otro barrio”, la narración nos transporta a San Francisco, donde Héctor se enfrenta a su primer funeral en Estados Unidos y cree entender las dinámicas culturales de la pérdida y la memoria atravesadas por su relación secreta con Paul. Sin embargo, se encuentra con una peculiar celebración de la vida y una ceremoniosa despedida que lo deja decepcionado: “Juró entonces hacer todo lo posible por morirse en su tierra. De viejo, si le daban las fuerzas. Para que llegaran a casa los amigos, los vecinos, las plañideras. Que lo despidieran los amantes cantando rancheras y vallenatos junto a su féretro” (26). Esa es la poética de Oswaldo Estrada: su capacidad de tender puentes entre países y ciudades, desafiando fronteras geográficas y emocionales.

En el segundo bloque, cuentos como “Home Depot” hacen que la percepción y la representación entren en conflicto con la razón. En este cuento, David pretende comprar una podadora simple para el jardín de su casa, pero el vendedor insiste en que debería comprar una podadora profesional para su trabajo de jardinero. A los ojos del vendedor, David no es más que otro migrante jardinero, y ninguna explicación logra cambiar la percepción del prejuicio frente al de la mirada. En “Locos de atar”, Benito y Petra viven el amor a su manera. Ella le es infiel y él comienza una guerra psicológica para castigarla. La venganza en este cuento es una trampa mental y ambos se vuelven locos juntos. Terminan: “Peleando como perros y gatos. Comiendo del mismo plato veneno para ratas” (47). Con estos cuentos, Estrada nos ofrece su propia versión de lo que el escritor peruano Carlos Eduardo Zavaleta denominaba “ficción breve”. Los relatos de Cortocircuitos son breves, pero su riqueza semántica proviene de la condensación de significados y diálogos que nos transportan a diferentes ciudades y países.

En el tercer bloque, cuentos como “La vida en medio”, nos obligan a reflexionar sobre las fronteras geográficas y culturales. En este cuento, Fermín es un músico que viaja atravesando un puente fronterizo, un intermedio que le permite representarse en otro espacio de enunciación. Desde ese espacio híbrido, Fermín nos hace soñar, tener expectativas de un medio justo, de lo que podría ser y nunca será. Con “Cortocircuito” pasamos de la expectativa a la incertidumbre, adentrándonos en la locura del encierro, en la vida pandémica, en una relación de pareja que asfixia, en el miedo que se cuela entre las paredes de las casas y detrás de las mascarillas. Un miedo que se infiltra, nos invade y nos enferma, como si fuéramos el protagonista. Así estos cuentos dialogan con otros discursos y con eventos que marcan la memoria evidenciando que nuestro pasado nos persigue constantemente en el presente.

En el cuarto bloque, los secretos familiares, los fantasmas y las venganzas parricidas interpelan al lector en los límites de lo que se puede considerar razonable. En “Genio y figura”, Tinito convive con su abuela, la acompaña en su vejez hasta que repentinamente el pasado y el presente, el recuerdo y la realidad se entremezclan: “hacía poco la había visto derrotada en una silla de ruedas, sin ganas de luchar… la tele seguía apagada desde hacía nueve días, cuando encontraron a la Tata dormida. Sin un soplo de vida” (88). Los límites de la razón también se cuestionan en el cuento “En nombre del padre”, donde Mariela quiere cobrar venganza, incluso ensaya el dolor de la muerte de su agresor, piensa en cómo disimulará la satisfacción y todo como parte de un plan para asesinar al hombre que la manosea por las noches. Los remates de los cuentos de este libro caracterizan la arquitectura literaria del autor. Nos ofrecen un giro argumentativo o un final abierto que le brinda al lector la oportunidad de culminar la historia bajo sus propios términos, temores o prejuicios.

En el quinto y último bloque, cuentos como “Viejo verde” y “Reality Check” nos adentran en historias de relaciones de pareja, de pasiones desenfrenadas, de fetiches, de situaciones narradas con un tono íntimo, confidencial, como si el escritor decidiese compartir esos secretos con nosotros. El cuento “Cumpleaños” es el más extenso del libro y el que guarda más líneas que se entrecruzan con historias familiares, de recuerdos, de pisco y de fantasmas: “el pisco me humedece los recuerdos. Entra con fuerza por los pasadizos más secretos. Irriga. Inquieta y ablanda. Hasta que se empoza discreto en el alma” (120). En esta historia, Lucho nos cuenta su vida y las formas en las que alguien puede perder la razón ante una tragedia familiar. Los relatos de Cortocircuitos nos adentran, con originalidad, en la intimidad de hogares, familias e historias. Los escenarios atravesados por distintos tiempos y espacios en este libro son capaces de entretejer la intimidad de sus personajes con conceptos tan vastos y complejos como el amor, el racismo, la muerte y la pertenencia.

Por eso mismo Cortocircuitos no es solo un libro de cuentos breves, es un universo de historias que, aun en su brevedad, se sienten inmensas.

Sobre Jhonn Guerra-Banda 

Es profesor en Berea College. Su investigación aborda la literatura y el cine latinoamericanos contemporáneos, con énfasis en las representaciones de las masculinidades, las disidencias de género y las sexualidades cuir/queer, así como en los cruces entre migración, fronteras y cultura visual. Sus publicaciones exploran cómo las narrativas actuales desafían normas sociales y estéticas para reimaginar el cuerpo, la pertenencia y las identidades latinoamericanas en el siglo XXI.

Sobre Oswaldo Estrada

Foto: Megan Mendenhall

Peruano nacido en Estados Unidos (Santa Ana, 1976), vivió en Lima hasta los catorce años. Es autor de varias colecciones de cuentos: Luces de emergencia (2019), Las locas ilusiones (2020, 2025), Las guerras perdidas(2021), Dreams in Times of War / Soñar en tiempos de guerra (2025) y Cortocircuitos (2025). Es autor de la novela Tus pequeñas huellas (2023) y ha editado el volumen Incurables. Relatos de dolencias y males (2020), con veinte autores latinoamericanos que viven en los E.E.U.U. En el 2020 obtuvo dos International Latino Book Awards y el Primer Premio de Testimonio de la Feria Internacional del Libro Latino y Latinoamericano en Tufts. En el 2021 fue finalista del Doris Betts Fiction Prize y su libro Las guerras perdidas obtuvo la Medalla de Oro como Mejor Libro de Cuentos en Español en el International Latino Book Awards 2022.


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